lunes, 3 de enero de 2011


Siempre te recordaré por una foto que vi cuando ya no eras la de entonces. La foto tenía tonos azules, como el cielo y el mar que te acompañaban mientras tú te sujetabas el sombrero en una suerte de peripecia para burlar el suave viento que amenazaba con llevárselo. Quizá fuera Malta, o alguna de esas islas en las que veraneabas para olvidar que la vida a veces tiene sabor amargo. Llevabas un vestido blanco que terminaba en un pantaloncito azul marino al borde de tus rodillas, que ya empezaban a coger el tono cobrizo de los días de playa, y unas zapatillas de esparto que realzaban tu cadera hasta ponerla en línea con un horizonte despejado que dejaba entrever un velero y unas cuantas gaviotas. Reías despreocupada, como si el momento se resumiese en el suave sonido del mar y el viento fluyendo entre las rocas de aquél acantilado en el que yo ya no estaba. Recordé los días por Madrid en los que eras mi secreto y yo era yo, y no tenía que demostrar que lo seguía siendo, y tú mojabas tu nariz en el té de yogurt de alguna teteria oscura de Huertas, sin el más mínimo reparo en dibujar una sonrisa cada vez que lo hacías, como si al hacerlo te aliaras con el tiempo en tu búsqueda continua de esa irracionalidad adorable que te hacía especial. Y reías y reías, y yo no tenía más remedio que cerrar los ojos y dejarme contagiar por las bocanadas cálidas que desprendía tu boca roja aunque no lograra entender porque levantabas sutilmente una ceja más que otra a cada nueva carcajada. La vida entonces era eso, una actividad distendida en la que nos creíamos peor de lo que estábamos y esperábamos el tranvía descalzos, por miedo, quizá, a perderlo si llegaba a su hora y nos encontrabamos corriendo en busca de nosotros mismos en aquellas calles vertiginosas que nos habían visto soñar.


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