jueves, 4 de noviembre de 2010

Te quiero, dijo con voz tenue y entrecortada. El semen corría por su tripa y la sensación de suciedad la invadió tan pronto que no pudo evitar que un guiño desagradable se adueñara de su cara. Él lo noto, como quien nota una corriente fría en verano. Sintiéndose raro. El baño esta saliendo a la derecha, dijo disimulando lo abúlico de sus pensamientos . Ella se levanto, desnuda, pálida. Bella. Él la vio alejarse entre el bamboleo de sus nalgas y ocultó su cara debajo de la almohada cuando la oyó cerrar la puerta. Tardó 5 minutos en volver, esta vez con su sonrisa traviesa de siempre. Se abrazaron, y él la acaricio hasta que noto que dormía placenteramente.

El despertador tocó a la hora acordada. Él pareció despertarse, se dirigió al baño y tomo constancia de su yo cuando se topo con sus ojos en el espejo. 2069. 2069 motas de gotelé tenía la parcela de pared que pudo ver esa noche sin despertarla, pensó extrañado de conocer aquel dato.

miércoles, 27 de octubre de 2010


Necesito recordarlos. Sobre todo en días como hoy en los que la soledad de las paredes de mi cuarto amenaza con sumirme en una melancolía ficticia. Ficticia porque no es real, todo va demasiado bien por ahora. Pero la amenaza esta ahí, rondando como un león aguerrido, dispuesta a atacar en cualquier momento. Y no puedo estar todo el día con el miedo sobre mi espalda, necesito evadirme con la suave música de algún placer dionisíaco. Y como tú no estas, te engaño con algún verso rebelde que se escape de la monotonía de tu ausencia. Algún verso de aquellos que conseguían sonrisas cómplices en habitaciones sin ventilar.


AUNQUE TU NO LO SEPAS


Como la luz de un sueño,

que no raya en el mundo pero existe,

así he vivido yo

iluminado

esa parte de ti que no conoces,

la vida que has llevado junto a mis pensamientos.


Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto

cruzar la puerta sin decir que no,

pedirme un cenicero, curiosear los libros,

responder al deseo de mis labios

con tus labios de whisky,

seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado

en la cama, sin prisa, muchas tardes

esta cama de amor que no conoces,

la misma que se queda

fría cuanto te marchas.


Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,

hicimos mil proyectos, paseamos

por todas las ciudades que te gustan,

recordamos canciones, elegimos renuncias,

aprendiendo los dos a convivir

entre la realidad y el pensamiento.


Espiada a la sombra de tu horario

o en la noche de un bar por mi sorpresa.


Así he vivido yo,

como la luz del sueño

que no recuerdas cuando te despiertas.


Luis García Montero.



martes, 19 de octubre de 2010

Te dejé bajo la lluvia, allí clavada, en la esquina del edificio blanco, junto a una señora con un dálmata que esperaba el autobús, con aquella boina azul celeste y esa sonrisa suave que tanto me gustaban. Salí corriendo. No me digas el porqué, pero sabía que esa iba a ser la ultima vez que compartiríamos una despedida. En mi Ipod sonaban los Who a todo volumen. Mi rumbo era el de un marinero sin brújula, perdido en el mar de unas calles sin nombre. Me habías hecho daño. Pero aun así veía tus ojos a cada paso, a cada instante, en cada transeúnte solitario. Embrujabas todo mi alrededor. Te encontraba detrás de cada coche, escondida tras cada estatua.

Una inmensa fragilidad se adueñó de mí cuando crucé el parque donde tantas veces me hiciste sentir el rey del mundo con tan solo rozar mis labios con la punta de tu lengua. Recordé aquellas tardes de verano en las que, sentados en la hierba, jugábamos a querernos mientras el tiempo se nos escapaba como un gato juguetón.

Nunca me gustaron los días de lluvia.

sábado, 16 de octubre de 2010


No quiero entumecerte
con la apatía de mis versos,
no quiero derribar tu esperanza
con mi necesidad de mal,
quizá, ahora, es tiempo de alejarme.

De alejarme de ti
junto a este cuerpo triste,
perdido en la niebla
en la que habitan los muertos,
donde se levantan y gimen,
como pidiendo prebendas por mi.

Quizá, es por eso,
que no siento por nada
ni por nadie
Y me invaden las palabras que no digo
Y dibujo corazones desalmados que
de frio aprenden a vivir.

Y recojo los retales de nosotros,
con el miedo en los ojos a morir
sepultado por el peso del olvido,
anhelando la noche junto a ti.

martes, 12 de octubre de 2010


"Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la luz y la de las tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos en el infierno"

Charles Dickens


"Rechazad la fragmentación del conocimiento, pensad globalmente, no os dejéis sofocar por el crecimiento de las informaciones, rechazad el desencanto de Occidente y el pesimismo histórico, ¡ya que tenéis la suerte de vivir a finales del siglo XX! No caigáis víctima de la nada, ni del terrorismo intelectual, ni de las modas, ni del dinero ni del poder. ¡Aprended a distinguir siempre y en todas partes lo Verdadero de lo Falso!"

Karl Popper


"Perfección para la ciudad es el valor de sus habitantes, para un cuerpo la belleza, para un alma la sabiduría, para una acción la virtud, para un pensamiento la verdad. Las cualidades contrarias a estas implican imperfección. En un hombre, en una mujer, en un pensamiento, en una acción, en una ciudad, es preciso honrar con alabanzas lo que sea digno de alabanzas y cubrir de censuras lo que sea censurable. Pues tan erróneo e inexacto es censurar lo que debe ser alabado como alabar lo que debe ser censurado (…)"

Georgias de Leontini (485 a.C.-380a.C.)


Pues eso.

viernes, 1 de octubre de 2010


Ahógate. Sufre. Sufre entre estas letras porque tu alma esta aquí. ¿No notas la presencia de tu ausencia? ¿No echas en falta el contrapunto a esa esquizofrenia salvaje que te brota de tu lado mas visceral? Sí. No te equivocas. Falta tu yo. Lo dejaste olvidado y ahora forma parte de mi. Porque yo, ahora, soy tu yo. Y estas atrapado. Te tengo entre mis dedos, te escribo con mis impulsos, te violo la identidad con la identidad de mis palabras, porque busco la forma de asfixiarte, de despertarte. Pero esta vez no caeré en la trampa pegajosa de tu verborrea con gracia, no me harás sentir cómodo en tu discurso victimista y autocompasivo. No te soltare tan fácilmente. Los actos tienen importancia, la vida va enserio. Y pasa. Solo una vez. No quiero que repitas las mismas tácticas superficiales que antaño te dieron la victoria. Una victoria efímera que solo te autodestruye. Quiero que vuelvas a ser tú. Que vuelvas a liberar tus sueños y desates de nuevo tu ambición. Que te dejes de ese nihilismo vacuo que encuentras en las drogas rápidas. Por eso te tengo. Te tengo atrapado y juego a desentrañarte. Busco entre tus miedos la palanca para hacerte cambiar, pero tienes que ser tú, solo tú, el que de el ultimo paso. Te tienes que atrever. No es fácil atreverse. Tienes que desenmascarar los factores de tu cambio y, entonces, te acercaras tanto al abismo que sentirás vértigo. Y el vértigo da miedo. El vértigo carcome. Como esa soledad que se manifiesta cuando aquellas sonrisas tibias de la barra del bar ya no están allí para darte el abrazo que necesitas y te das cuenda que has perdido aquellos ojos que te miraban con dulzura pero que tú denigraste en un momento dado por no se que razón. Y sientes miedo. Y te das cuenta tarde. Porque el resto del tiempo no has hecho otra cosa que engañarte. Has jugado al despiste con tus emociones, con tus sueños, con la gente que te quería, buscando la formula para que los segundos pasaran rápido y tu no tuvieras que pensar. No tuvieras que pensar que eres un cobarde y que siempre necesitabas algo más porque lo que te falta son agallas para dar un puñetazo en la mesa y volver a recuperar tu yo. La vida son elecciones, y esta es la mas importante. Atrévete. Yo sigo creyendo en ti, porque ahora mismo te poseo, y veo tus sueños mas ocultos, aquellos que desterraste para hacerte la vida fácil. Los tienes ahí, no se han perdido. Elije, porque quizás le ganes la batalla al mundo y seas popular y un Nacho Vidal o una chica estupenda te espere cuando regreses a casa pero, ¿qué mas te da ganar el mundo entero si pierdes tu alma a cambio?


Piénsalo, te esperare fumando un cigarrillo.

lunes, 27 de septiembre de 2010


Veo tus ojos. Vivos. En la muerte del instante. En la foto que te hice en blanco y negro cuando la vida aún tenía color. Y me da por pensar. Por buscar. Trato de encontrar la esencia. La esencia de ese sueño. La esencia de tu perfume. Sé que lo dejaste escondido entre las sabanas. Lo percibo cuando duermo. Siento tu aroma. Tu jodido aroma. Pero son solo sueños. Tengo que aprender a diferenciar entre realidad y ficción. Por eso quiero encontrarla ahora. La esencia. Para comparar. Ahora que tengo la nariz en Casiopea. Aquella pequeña estrella que hicimos especial entre las decenas que adornan mi colcha. Pero no. No esta. La esencia. Y veo tus ojos. Solo tus ojos. Vivos. En la foto en blanco y negro. Y muere el instante. Y muere el sueño.
El sueño de encontrarte.
De nuevo.
Entre mis sabanas. Viva.
Como el aroma de un perfume.
De tu perfume.

viernes, 24 de septiembre de 2010


Súmeme en el infierno
de tu boca,
crepuscular,
marea de vientos que
atieren corazones
degollados.

Dices que ya no me quieres,
que el futuro reina ahora
cuando antes todo era presente.
Y veo la sombra de tu nombre
distorsionada por la bruma,
lejana.

Pero mientes,
y lo sé,
tu mirada guía
el desconcierto de mi intuición.

Reitera que ya no me quieres
que lo nuestro acabó
pero dímelo con un beso,
que te quite la careta
y descubra
que me mientes.

Mentías.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Por casualidad, me encuentro con este texto de Fitzgerald. Me engancha, me perturba.

“Me di cuenta de que en esos dos años, con el objeto de preservar algo —un secreto interior tal vez, tal vez no—, me había apartado de todas las cosas que antes amaba, de que cada acto de la vida, desde el aseo matinal de dientes hasta la comida con un amigo, se había convertido en un esfuerzo. Comprendí que durante mucho tiempo no me gustaron ni las gentes ni las cosas, sino que tan sólo había adoptado la vieja y endeble máscara del cariño. Comprendí que aun mi cariño por aquellos que me eran más cercanos se convertía sólo en un intento de amar, que mis relaciones ocasionales —con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo— eran solamente lo que yo recordaba que debía hacer, en comparación con otros días. Y en el mismo mes llegaron a exasperarme cosas tales como el sonido de la radio, los avisos en las revistas, los chillidos de la vía férrea, el silencio muerto del campo; me volví despectivo ante la blandura humana, de inmediato (si bien furtivamente) hostil hacia la dureza; odiando a la noche cuando no podía dormir y odiando el día porque marchaba hacia la noche. Dormía ahora sobre el lado del corazón porque sabía que mientras más pronto lo cansara, aunque fuese un poquito, más pronto llegaría esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me capacitaría para enfrentar mejor el nuevo día”.

(Francis Scott Fitzgerald, El derrumbe)

domingo, 19 de septiembre de 2010


Creía que la solución a mi crisis existencial pasaba por resolver los síntomas que, para mí, la habían provocado: una serie de ideas inconexas, un par de malas decisiones y la necesidad de buscar algo más. Pero estaba tan equivocado que convertí mi vida en un caos, en una búsqueda constante de la identidad perdida, de mi Yo, de esa pequeña chispa que haría brotar mi fuego interno.

Durante una época, me dediqué a hacer de chico bueno, a beber café y a creer que en el fondo de las bolsas de patatas se encontraba la panacea de mi vida. Engordé, me hice sensible y me dejé barba. Como no funcionó, más tarde, fui de tipo malo, me tinté el pelo y me afeité una ceja. Adelgacé, me musculé y me dejé patillas. Pero seguía con esa sensación amarga que cada cierto tiempo me incitaba a cambiar de rumbo de manera violenta en busca de mis constantes vitales. Así fue como, después de escuchar a “Vetusta Morla” en un par de momentos bastante bajos de moral, decidí sobre la marcha que sí, que tenían razón, que dejarse llevar sonaba demasiado bien. Resultó que en la práctica era una idea utópica, que por mucho que uno se pare el mundo sigue su curso; lleva una velocidad de crucero que, si te despistas, hace que tengas que dedicar el doble de energía a recuperarla. Y así me pasó. Después de mi periodo de aletargamiento tuve que dedicar varios a años a estudiar y a formarme hasta alcanzar a mis compañeros de generación. Mejoré bastante emocionalmente, me llegue a conocer más y me volví un chaval más alegre, más concienciado, comprometido con el mundo hasta el punto de convertirme en activista de Greenpeace; lo que no resultó del todo bueno a juzgar por el resultado final, ya que me hizo sufrir y quemar todas mis naves en luchas de poder banales contra magnates todopoderosos que no se podían permitir (y tenían recursos de sobra para ello) ni la más mísera derrota. Lo que me pareció en su momento una gran vía de escape, una forma magnífica de encauzar mi vida, solo me sirvió para sumirme en la más absoluta impotencia y devolverme aquella maldita angustia agria de la que antes hablé y que tan bien conocía. Me encontraba tan hundido que fui autodestruyéndome poco a poco, con paciencia y con sigilo, sin dejar que se notara mucho.

No me di cuenta de que mi problema era el tiempo hasta que ya era demasiado tarde para reparar muchos de los regalos que la infelicidad me había dejado. Aquel tatuaje hortera de mi espalda, ese pequeño piercing en el glande o la piel elástica y gelatinosa que se me había quedado en la barriga por mis continuos cambios de peso, iban a formar siempre parte de mí por mucho que hubiera dado con la solución a mi desdicha. Pero bueno, volvamos al problema, al tiempo. Sí, el tiempo. Me había alcanzado, se había apoderado de mí. Lo descubrí por casualidad porque no buscaba descubrirlo. No tenía conciencia de que mi nihilismo tuviera su base en un concepto tan subjetivo. Todo fue gracias a Cernuda y su "Ocnos", cosa que me resultó sorprendente, ya que su escritura me empalaga tanto como en ocasiones me rindo a su lucidez:

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte.

El tiempo. La rutina. Clic. Y lo entendí todo. Me recordé leyendo “Robinson Crusoe” a hurtadillas el día antes de un examen, con ese placer que solo te da hacer algo en el momento que no debes. Me vi tumbado en la cama con los ojos entreabiertos, imaginando que las rugosidades de la pared eran estrellas luminosas y el color azul de la sabana el reflejo del mar a la luz de la luna. Me encontré de pronto dentro de un cuerpo que no era el mío; un cuerpo moreno, tirante debido a la sal. Me sentí de repente libre, expectante, escuchando el sonido de una isla solitaria que olía a oportunidades y aventura, mientras una ligera brisa me acariciaba la cara. Día tras día, página tras página, traté de sobrevivir a todo tipo de sucesos en la frondosa selva, a tormentas infernales que agitaban el mar a su antojo, a enfermedades tropicales que me hacían tiritar hasta quedar inconsciente. Sometí la naturaleza a mis deseos, coseché y cacé, incluso enseñe a un primitivo individuo mi idioma. Todo ello con el dominio de mis decisiones, sin contar con nadie, sintiendo el peso de la responsabilidad pero sin atemorizarme por ello. Yo las tomaba, yo las afrontaba, yo las sufría. Me encontraba realmente exultante con ese control de mi mismo, de mis habilidades y asocié esas sensaciones a la vida adulta, a la verdadera vida.

Desde ese momento no tuve otro objetivo que crecer, ser mayor, embarcarme cuanto antes en la búsqueda de mi “santo grial”, ese que se acercaba tanto a lo que había plasmado Defoe en su libro. Pero entonces, ahora lo sabía, me tope con el tiempo. Con el tiempo y con la desconcertante forma de vida a la que te aboca este sistema. Ser mayor no era tan bonito como parecía, de hecho no era más que una inmersión en problemas constantes que tenían soluciones complejas y que, encima, inmiscuían a demasiada gente como para que uno pudiera dar el puñetazo final sin dañar a alguien. Además estaban esos malditos mecanismos internos ligados al reloj, al control de las horas, que toda sociedad debe tener para funcionar y ser productiva, pero que yo no soportaba. No conseguía aclimatarme a ellos lo que no quiere decir que no comprendiera su importancia. Simplemente, no estaban hechos para mí. Me irritaba tener que hacer las cosas en un momento preciso con el peso de la obligación a mis espaldas, saltándome el paso de disfrutar en el proceso. Quería sentirme libre para poder elegir el cómo y el cuándo de mis actos sin que una presión externa me los limitara, sin una rutina que me los impusiera y me impidiera saborear el dulce gusto de realizarlos. Pero también sabía que, en un mundo en el que nos hemos puesto como objetivo sacar el máximo beneficio en todo momento a los recursos existentes, eso es una misión casi imposible; el disfrute requiere demora y el mundo requiere dinero, y como el dinero y la demora están reñidos es difícil encontrar una parcela en la que uno pueda hacerlos compatibles.

Una vez que comprendí el problema todo mejoró. Ya no perdería el tiempo buscando algo intangible como me había pasado hasta ahora. Ahora sabía lo que buscaba. Tenía que encontrar esa parcela que me permitiera no perderme en la rutina de la obligación. No quería ser un tipo abnegado y conformista, sufridor de un estrés silencioso. Quería ser un tipo feliz sin un horario fijo, sin tener que dormirme a las 12 y levantarme a las 8, sin tener que comer obligatoriamente a las 3 de la tarde e ir a trabajar a las 4, sin tener que tomar decisiones o desarrollar actos que tuvieran un límite de tiempo. Eso me estresaba, me cortocircuitaba, llenaba de acido láctico mis músculos y me impedía reaccionar con rapidez haciendo de mi vida el caos que os he contado.

Fue entonces, después de un par de tardes pensando sobre el tema, cuando pensé en Defoe y decidí hacerme escritor. Así podría controlar el tiempo, jugar con él, manejarlo a mi gusto, sentir por momentos el placer de dominarlo. Podría dibujar con mi imaginación mi parcela, mi mundo. Crearía personajes en los que me sintiera representado pero sin pasar por el mal trago de las rutinas que me hacían caer en la banalidad más absoluta. Volvería a sentirme otra vez como Robinson Crusoe, pero esta vez con todo mi destino (o su destino) en mis manos. Ya no tendría que darle explicaciones a nadie, solo dependería de mí, manejaría mi hábitat, mi microcosmos. Tendría una isla desierta a mi disposición, a la disposición de mis sueños, al disfrute de mi felicidad. También sufriría sus inconvenientes por supuesto. El hecho de crear no es una cosa trivial; las palabras están ahí fuera pero no es fácil hacerlas conectar, no es fácil crear emociones ni ser original, no es fácil controlar el pánico de la hoja en blanco ni la desesperación del escritor que no escribe. Tampoco es fácil vender, ganar dinero, convencer a tus interlocutores de que realmente tienes algo que decir, pero eso ya era otra historia. Había encontrado un objetivo al que aferrarme y no me dejaría vencer tan fácilmente.

Y así lo hice. Día tras día, hora tras hora, me puse delante del ordenador, tecleé una y otra vez las letras de mi vida, hasta que mi madre me llamaba para cenar o me decía que era demasiado tarde y me disipaba el ensimismamiento. Me recordaba que en la vida real era imposible derrotar al tiempo y a sus pequeñas e incomodas rutinas pero, era en esos momentos, cuando comprendía que por fin lo había logrado, que ya nadie me podía quitar el placer de vencerlo durante unas horas.

sábado, 18 de septiembre de 2010


Los gatos buscan la felicidad en el aroma de las petunias. Indirectamente. Como si solo el mero hecho de pensarlo pudiera disipar aquel concepto abstracto, frágil y sutil. Se sabía de viejos felinos que habían desperdiciado su vida tratando de ponerle formula, buscando los componentes de una receta que murió antes de nacer. No se puede perder lo que ya esta perdido, ni se puede encontrar lo que, quizá, nunca existió.

Solo los gatos saben el valor de olfatear las petunias. Indirectamente.

jueves, 9 de septiembre de 2010


Era,
el triste encanto de un payaso callejero,
el cigarrillo apagado de una artista de cabaret,
el carmín oxidado de un viejo roquero,
la lagrima absurda de quién no tiene porqué perder.

miércoles, 8 de septiembre de 2010


Suavemente dejó el bolígrafo en la mesa, cerca del cenicero, lo que le recordó aquella estúpida manía de fumar después de escribir que había adquirido hace unos años, cuando aún no existía el riesgo y había que probarlo todo. Encendió uno de los cigarrillos mentolados que guardaba en el segundo cajón del escritorio y desplazó su mirada lentamente hacía la ventana. Cada vez disfrutaba más escribiendo pero, cuanto más lo hacía, más temor tenía a mostrar sus personajes a un publico que muchas veces sería desconocido. Quería evitar que sus personajes fueran violados por aquéllas miradas toscas de las que él trataba de esconderse cuando, por ejemplo, cruzaba el parque a las dos de la tarde. No quería que salieran del mundo que había creado en su ordenador y se sintieran solos y perdidos, como él, en una sociedad que no controlaba y que, para ser francos, sufría grandes cambios de humor. Odiaba que le miraran y se burlaran de él por llevar sombrero o, simplemente, por aquellos pantalones verdes pistacho con los que se sentía tan guapo y qué utilizaba cuando quería escribir junto al rio, para sentirse parte del cesped de la orilla y concentrarse plenamente. Por eso, un sabor agrio le agarrotaba la garganta cuando pensaba como podría sentirse Adriana, su personaje favorito, cuando alguno de aquellos ojos inquisitivos descubriera que le gustaba pintarse las uñas azules, leer libros de Proust y pegar voces en los bares recitando poemas de Garcia Montero. No sabia si, bu, como la llamaba cariñosamente, podria cargar con la etiqueta de cursilona y sensiblera que él había tenido que soportar durante toda su existencia por escribir en los cafes o pensar que el arte puede disfrutarse también antes de los 40.

El pítido del tranvía le hizó recuperar la visión de lo que estaba mirando sin mirar. Un leve viento hacía caer la primeras hojas de otoño y el parque gozaba de la plenitud de los días festivos. Un corrillo de personas bebían y charlaban alegremente con una suave música de fondo.Una señora elegante regañaba a gritos a Luis por mancharse los pantalones de barro a la vez que disfrutaba de la sonrisa de pillo que le ponía, como si quisiera compartir esa ilusión por el juego que, sabía por experiencia, se perdía poco a poco con la edad. Una adolescente leía tranquilamente en un banco mientras el que parecía su hermano se lanzaba por el tobogán una y otra vez al grito de "Tomaaaa". De repente, un cambío sutil de posición dejo entrever el titulo del libro que estaba leyendo. "Habitaciones Separadas".

Algo cambío de repente en su mirada cuando, después de una profunda calada, tomo constancía de que el titulo de aquél libro azul que leía la joven, era el mismo que le había apasionado a la poesía a los 15 años. Imaginó que la página que miraban esos ojos verdes comenzaba por "Aunque tú no lo sepas" y creyó ver en ello la señal que necesitaba para lanzarse al mundo. Quizá, después de todo, siempre podría encontrar una margarita en un campo de cardos o unos ojos verdes que leyeran a Adriana. O ,al menos, le quedaría el consuelo de haberlo intentado. Se lo debía a Adriana. Se lo debía a si mismo.

martes, 7 de septiembre de 2010


Quizá el poeta lo comprendió todo al pie del abismo,
cuando el futuro parecia una promesa lejana y juguetona
y el olvido comenzaba a mostrar su reverso más oscuro.

lunes, 6 de septiembre de 2010


No me gustan los días que huelen a humedad. Me siento frágil y manejable, como si cada segundo que pasara desmontara una parte de mi puzzle interno. El conformismo muestra su cara mas tenebrosa convirtiendome en un titere de mi mismo, arrastrandome a la corriente de las personas sin alma. El mundo se le hace grande a mi pequeña sonrisa y me pierdo al pensar que los idus de marzo no traeran más primaveras, solo la desesperación de volver a ver una vez más el comienzo de un otoño marchito.

El contorno de tu boca parece ahora lejano, quizá difuso. Ya no sé si sonríes. Antes jugabamos a sonreir y todo cambiaba. Ahora no. No es tan fácil. La realidad juega a ser funambulista en la delgada linea que la separa de la ficción y todo parece un garabato. Me temo que solo me queda la esperanza de un refugio varado en un pasado que ya no existe o en un futuro antipatico que va de farol.

No. Nunca me gustaron los días como hoy.