
jueves, 4 de noviembre de 2010

miércoles, 27 de octubre de 2010

Necesito recordarlos. Sobre todo en días como hoy en los que la soledad de las paredes de mi cuarto amenaza con sumirme en una melancolía ficticia. Ficticia porque no es real, todo va demasiado bien por ahora. Pero la amenaza esta ahí, rondando como un león aguerrido, dispuesta a atacar en cualquier momento. Y no puedo estar todo el día con el miedo sobre mi espalda, necesito evadirme con la suave música de algún placer dionisíaco. Y como tú no estas, te engaño con algún verso rebelde que se escape de la monotonía de tu ausencia. Algún verso de aquellos que conseguían sonrisas cómplices en habitaciones sin ventilar.
AUNQUE TU NO LO SEPAS
Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminado
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.
Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.
Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.
Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.
Luis García Montero.
martes, 19 de octubre de 2010

sábado, 16 de octubre de 2010

No quiero entumecerte
con la apatía de mis versos,
no quiero derribar tu esperanza
con mi necesidad de mal,
quizá, ahora, es tiempo de alejarme.
De alejarme de ti
junto a este cuerpo triste,
perdido en la niebla
en la que habitan los muertos,
donde se levantan y gimen,
como pidiendo prebendas por mi.
Quizá, es por eso,
que no siento por nada
ni por nadie
Y me invaden las palabras que no digo
Y dibujo corazones desalmados que
de frio aprenden a vivir.
Y recojo los retales de nosotros,
con el miedo en los ojos a morir
sepultado por el peso del olvido,
anhelando la noche junto a ti.
martes, 12 de octubre de 2010

"Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la luz y la de las tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos en el infierno"
Charles Dickens
Karl Popper
"Perfección para la ciudad es el valor de sus habitantes, para un cuerpo la belleza, para un alma la sabiduría, para una acción la virtud, para un pensamiento la verdad. Las cualidades contrarias a estas implican imperfección. En un hombre, en una mujer, en un pensamiento, en una acción, en una ciudad, es preciso honrar con alabanzas lo que sea digno de alabanzas y cubrir de censuras lo que sea censurable. Pues tan erróneo e inexacto es censurar lo que debe ser alabado como alabar lo que debe ser censurado (…)"
Georgias de Leontini (485 a.C.-380a.C.)
Pues eso.
viernes, 1 de octubre de 2010

lunes, 27 de septiembre de 2010

viernes, 24 de septiembre de 2010

de tu boca,
crepuscular,
marea de vientos que
atieren corazones
degollados.
Dices que ya no me quieres,
que el futuro reina ahora
cuando antes todo era presente.
Y veo la sombra de tu nombre
distorsionada por la bruma,
lejana.
Pero mientes,
y lo sé,
tu mirada guía
el desconcierto de mi intuición.
Reitera que ya no me quieres
que lo nuestro acabó
pero dímelo con un beso,
que te quite la careta
y descubra
que me mientes.
Mentías.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Por casualidad, me encuentro con este texto de Fitzgerald. Me engancha, me perturba.“Me di cuenta de que en esos dos años, con el objeto de preservar algo —un secreto interior tal vez, tal vez no—, me había apartado de todas las cosas que antes amaba, de que cada acto de la vida, desde el aseo matinal de dientes hasta la comida con un amigo, se había convertido en un esfuerzo. Comprendí que durante mucho tiempo no me gustaron ni las gentes ni las cosas, sino que tan sólo había adoptado la vieja y endeble máscara del cariño. Comprendí que aun mi cariño por aquellos que me eran más cercanos se convertía sólo en un intento de amar, que mis relaciones ocasionales —con un editor, un vendedor de tabaco, el hijo de un amigo— eran solamente lo que yo recordaba que debía hacer, en comparación con otros días. Y en el mismo mes llegaron a exasperarme cosas tales como el sonido de la radio, los avisos en las revistas, los chillidos de la vía férrea, el silencio muerto del campo; me volví despectivo ante la blandura humana, de inmediato (si bien furtivamente) hostil hacia la dureza; odiando a la noche cuando no podía dormir y odiando el día porque marchaba hacia la noche. Dormía ahora sobre el lado del corazón porque sabía que mientras más pronto lo cansara, aunque fuese un poquito, más pronto llegaría esa bendita hora de la pesadilla que, como una catarsis, me capacitaría para enfrentar mejor el nuevo día”.
(Francis Scott Fitzgerald, El derrumbe)
domingo, 19 de septiembre de 2010

Durante una época, me dediqué a hacer de chico bueno, a beber café y a creer que en el fondo de las bolsas de patatas se encontraba la panacea de mi vida. Engordé, me hice sensible y me dejé barba. Como no funcionó, más tarde, fui de tipo malo, me tinté el pelo y me afeité una ceja. Adelgacé, me musculé y me dejé patillas. Pero seguía con esa sensación amarga que cada cierto tiempo me incitaba a cambiar de rumbo de manera violenta en busca de mis constantes vitales. Así fue como, después de escuchar a “Vetusta Morla” en un par de momentos bastante bajos de moral, decidí sobre la marcha que sí, que tenían razón, que dejarse llevar sonaba demasiado bien. Resultó que en la práctica era una idea utópica, que por mucho que uno se pare el mundo sigue su curso; lleva una velocidad de crucero que, si te despistas, hace que tengas que dedicar el doble de energía a recuperarla. Y así me pasó. Después de mi periodo de aletargamiento tuve que dedicar varios a años a estudiar y a formarme hasta alcanzar a mis compañeros de generación. Mejoré bastante emocionalmente, me llegue a conocer más y me volví un chaval más alegre, más concienciado, comprometido con el mundo hasta el punto de convertirme en activista de Greenpeace; lo que no resultó del todo bueno a juzgar por el resultado final, ya que me hizo sufrir y quemar todas mis naves en luchas de poder banales contra magnates todopoderosos que no se podían permitir (y tenían recursos de sobra para ello) ni la más mísera derrota. Lo que me pareció en su momento una gran vía de escape, una forma magnífica de encauzar mi vida, solo me sirvió para sumirme en la más absoluta impotencia y devolverme aquella maldita angustia agria de la que antes hablé y que tan bien conocía. Me encontraba tan hundido que fui autodestruyéndome poco a poco, con paciencia y con sigilo, sin dejar que se notara mucho.
No me di cuenta de que mi problema era el tiempo hasta que ya era demasiado tarde para reparar muchos de los regalos que la infelicidad me había dejado. Aquel tatuaje hortera de mi espalda, ese pequeño piercing en el glande o la piel elástica y gelatinosa que se me había quedado en la barriga por mis continuos cambios de peso, iban a formar siempre parte de mí por mucho que hubiera dado con la solución a mi desdicha. Pero bueno, volvamos al problema, al tiempo. Sí, el tiempo. Me había alcanzado, se había apoderado de mí. Lo descubrí por casualidad porque no buscaba descubrirlo. No tenía conciencia de que mi nihilismo tuviera su base en un concepto tan subjetivo. Todo fue gracias a Cernuda y su "Ocnos", cosa que me resultó sorprendente, ya que su escritura me empalaga tanto como en ocasiones me rindo a su lucidez:
Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. (No sé si expreso esto bien.) Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte.
El tiempo. La rutina. Clic. Y lo entendí todo. Me recordé leyendo “Robinson Crusoe” a hurtadillas el día antes de un examen, con ese placer que solo te da hacer algo en el momento que no debes. Me vi tumbado en la cama con los ojos entreabiertos, imaginando que las rugosidades de la pared eran estrellas luminosas y el color azul de la sabana el reflejo del mar a la luz de la luna. Me encontré de pronto dentro de un cuerpo que no era el mío; un cuerpo moreno, tirante debido a la sal. Me sentí de repente libre, expectante, escuchando el sonido de una isla solitaria que olía a oportunidades y aventura, mientras una ligera brisa me acariciaba la cara. Día tras día, página tras página, traté de sobrevivir a todo tipo de sucesos en la frondosa selva, a tormentas infernales que agitaban el mar a su antojo, a enfermedades tropicales que me hacían tiritar hasta quedar inconsciente. Sometí la naturaleza a mis deseos, coseché y cacé, incluso enseñe a un primitivo individuo mi idioma. Todo ello con el dominio de mis decisiones, sin contar con nadie, sintiendo el peso de la responsabilidad pero sin atemorizarme por ello. Yo las tomaba, yo las afrontaba, yo las sufría. Me encontraba realmente exultante con ese control de mi mismo, de mis habilidades y asocié esas sensaciones a la vida adulta, a la verdadera vida.
Desde ese momento no tuve otro objetivo que crecer, ser mayor, embarcarme cuanto antes en la búsqueda de mi “santo grial”, ese que se acercaba tanto a lo que había plasmado Defoe en su libro. Pero entonces, ahora lo sabía, me tope con el tiempo. Con el tiempo y con la desconcertante forma de vida a la que te aboca este sistema. Ser mayor no era tan bonito como parecía, de hecho no era más que una inmersión en problemas constantes que tenían soluciones complejas y que, encima, inmiscuían a demasiada gente como para que uno pudiera dar el puñetazo final sin dañar a alguien. Además estaban esos malditos mecanismos internos ligados al reloj, al control de las horas, que toda sociedad debe tener para funcionar y ser productiva, pero que yo no soportaba. No conseguía aclimatarme a ellos lo que no quiere decir que no comprendiera su importancia. Simplemente, no estaban hechos para mí. Me irritaba tener que hacer las cosas en un momento preciso con el peso de la obligación a mis espaldas, saltándome el paso de disfrutar en el proceso. Quería sentirme libre para poder elegir el cómo y el cuándo de mis actos sin que una presión externa me los limitara, sin una rutina que me los impusiera y me impidiera saborear el dulce gusto de realizarlos. Pero también sabía que, en un mundo en el que nos hemos puesto como objetivo sacar el máximo beneficio en todo momento a los recursos existentes, eso es una misión casi imposible; el disfrute requiere demora y el mundo requiere dinero, y como el dinero y la demora están reñidos es difícil encontrar una parcela en la que uno pueda hacerlos compatibles.
Una vez que comprendí el problema todo mejoró. Ya no perdería el tiempo buscando algo intangible como me había pasado hasta ahora. Ahora sabía lo que buscaba. Tenía que encontrar esa parcela que me permitiera no perderme en la rutina de la obligación. No quería ser un tipo abnegado y conformista, sufridor de un estrés silencioso. Quería ser un tipo feliz sin un horario fijo, sin tener que dormirme a las 12 y levantarme a las 8, sin tener que comer obligatoriamente a las 3 de la tarde e ir a trabajar a las 4, sin tener que tomar decisiones o desarrollar actos que tuvieran un límite de tiempo. Eso me estresaba, me cortocircuitaba, llenaba de acido láctico mis músculos y me impedía reaccionar con rapidez haciendo de mi vida el caos que os he contado.
Fue entonces, después de un par de tardes pensando sobre el tema, cuando pensé en Defoe y decidí hacerme escritor. Así podría controlar el tiempo, jugar con él, manejarlo a mi gusto, sentir por momentos el placer de dominarlo. Podría dibujar con mi imaginación mi parcela, mi mundo. Crearía personajes en los que me sintiera representado pero sin pasar por el mal trago de las rutinas que me hacían caer en la banalidad más absoluta. Volvería a sentirme otra vez como Robinson Crusoe, pero esta vez con todo mi destino (o su destino) en mis manos. Ya no tendría que darle explicaciones a nadie, solo dependería de mí, manejaría mi hábitat, mi microcosmos. Tendría una isla desierta a mi disposición, a la disposición de mis sueños, al disfrute de mi felicidad. También sufriría sus inconvenientes por supuesto. El hecho de crear no es una cosa trivial; las palabras están ahí fuera pero no es fácil hacerlas conectar, no es fácil crear emociones ni ser original, no es fácil controlar el pánico de la hoja en blanco ni la desesperación del escritor que no escribe. Tampoco es fácil vender, ganar dinero, convencer a tus interlocutores de que realmente tienes algo que decir, pero eso ya era otra historia. Había encontrado un objetivo al que aferrarme y no me dejaría vencer tan fácilmente.
Y así lo hice. Día tras día, hora tras hora, me puse delante del ordenador, tecleé una y otra vez las letras de mi vida, hasta que mi madre me llamaba para cenar o me decía que era demasiado tarde y me disipaba el ensimismamiento. Me recordaba que en la vida real era imposible derrotar al tiempo y a sus pequeñas e incomodas rutinas pero, era en esos momentos, cuando comprendía que por fin lo había logrado, que ya nadie me podía quitar el placer de vencerlo durante unas horas.
sábado, 18 de septiembre de 2010

Solo los gatos saben el valor de olfatear las petunias. Indirectamente.
jueves, 9 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010

El pítido del tranvía le hizó recuperar la visión de lo que estaba mirando sin mirar. Un leve viento hacía caer la primeras hojas de otoño y el parque gozaba de la plenitud de los días festivos. Un corrillo de personas bebían y charlaban alegremente con una suave música de fondo.Una señora elegante regañaba a gritos a Luis por mancharse los pantalones de barro a la vez que disfrutaba de la sonrisa de pillo que le ponía, como si quisiera compartir esa ilusión por el juego que, sabía por experiencia, se perdía poco a poco con la edad. Una adolescente leía tranquilamente en un banco mientras el que parecía su hermano se lanzaba por el tobogán una y otra vez al grito de "Tomaaaa". De repente, un cambío sutil de posición dejo entrever el titulo del libro que estaba leyendo. "Habitaciones Separadas".
Algo cambío de repente en su mirada cuando, después de una profunda calada, tomo constancía de que el titulo de aquél libro azul que leía la joven, era el mismo que le había apasionado a la poesía a los 15 años. Imaginó que la página que miraban esos ojos verdes comenzaba por "Aunque tú no lo sepas" y creyó ver en ello la señal que necesitaba para lanzarse al mundo. Quizá, después de todo, siempre podría encontrar una margarita en un campo de cardos o unos ojos verdes que leyeran a Adriana. O ,al menos, le quedaría el consuelo de haberlo intentado. Se lo debía a Adriana. Se lo debía a si mismo.
martes, 7 de septiembre de 2010
lunes, 6 de septiembre de 2010

El contorno de tu boca parece ahora lejano, quizá difuso. Ya no sé si sonríes. Antes jugabamos a sonreir y todo cambiaba. Ahora no. No es tan fácil. La realidad juega a ser funambulista en la delgada linea que la separa de la ficción y todo parece un garabato. Me temo que solo me queda la esperanza de un refugio varado en un pasado que ya no existe o en un futuro antipatico que va de farol.
No. Nunca me gustaron los días como hoy.

