martes, 16 de noviembre de 2010


Leo un libro con la correspondencia que Paul Eluard le escribió a Gala durante toda su vida, como su relación persistió en base a un amor intelectual a lo largo del tiempo aún cuando Gala se enamoró de Dalí en Cadaqués y lo dejo todo por él. Siempre me gustó la historia de aquel poeta francés y aquella chica rusa de piernas desgarbadas que conquistó el movimiento surrealista y, luego hizo de Dalí una marca. En alguna que otra entrada hablaré de las pequeñas historias que he ido recopilando sobre esa generación que me fascina, por ahora me contentaré con escribirle a una musa lejana, a la que llamaré Gala, ciertas palabras cómplices.

A Gala difusa:

Escribo esto un poco agarrotado por la sensación "galvánica" de melancolía por tu partida. Son las 9 y media, y la noche se presenta larga y tediosa. Ayer todo era diferente, un pequeño sol había jugado a dominar el invierno y, yo, podía hacer malabares con las palabras para que una sonrisa picarona se adueñara de tu gesto. Y todo seria genial. Volverían las complicidades, los sueños compartidos, las palabras que la distancia había creído agarrotar pero que por supuesto seguían tan limpias y seguras como siempre. Y luego llegaría el hoy, ese hoy que parece tan lejano ahora junto a la mesa del ordenador, ese hoy que ha terminado de enterrar las dudas y el frío, que ha vuelto a relanzar nuestro conjunto, nuestra voz unísona, nuestra ansias de volar.

Quien no ha conocido la tristeza no puede disfrutar de la felicidad, por eso quizá he disfrutado más que nunca los momentos que he pasado contigo estos días, después de que la semana en Macondo me dejara un sabor a ceniza en la garganta, algo ridículo y patético que demuestra que las sensaciones no lo son todo, que pueden engañarte en base a simplicidades superficiales que no significan nada. Por que por encima estas tú, tu ambición, tu espontaneidad, la creencia de que el mundo esta donde tu sonríes, donde tus ojos vuelven a recuperar su brillo de gata.

No Gala, no. Nunca voy a dejar de sentir el despedirme de ti. Aunque sea la primera, la segunda o la decimonovena vez que tenga que compartir un ridículo hasta luego contigo. Me da igual lo que digan los viejos agoreros que se pasan la vida contagiándole su pesimismo crónico a quiénes muestran la más mínima ilusión.

Sé que el camino será duro, que quién se arriesga puede perder, que las leyendas cuentan que la distancia hace el olvido, pero recuerda que, cuando bebas alguno de los jodidos chupitos del matarratas ese que te hace sentir exultante, quizá, un simulacro de poeta este escribiendo unos versos por ti.

Una versos que merecerás por ser como eres. Estupenda.

Como yo,
para tí.

2 comentarios:

  1. Hugo, quien arriesga, puede ganar o perder, pero quien no arriesga directamente está perdido.

    Sigue arriesgando, sigue escribiendo, sigue haciendo esas fotos tan chulas pero sobretodo, ¡arriesga por lo que quieres! un beso.

    ResponderEliminar