domingo, 17 de junio de 2012


¿Qué hicimos ese año? ¿Dónde enterramos el tiempo?

Un día recordaremos que en algún momento habitamos un paraíso y que ese paraíso era un ave de paso, grácil y elegante, donde la eternidad podía durar un segundo y los vientos contaban historias legendarias que nosotros nos creíamos porque éramos jóvenes y bellos y algo ingenuos, y pensábamos que la felicidad era un beso lento en una habitación con el suelo de madera, unas cortinas naranjas y tres botellas de vino medio llenas en una estantería antigua. Nos torturábamos, sí, con el futuro, y la incertidumbre, y esa desesperación tan propia de la juventud que quiere brotar y no sabe por donde, pero esa tortura era dulce, porque nos hacía sentir vivos, tan vivos como peces azules, como la primavera que calentaba nuestras cervezas en las orillas del Sena mientras sonaba alguna armónica lejana. Estábamos perdidos y lo sabíamos, pero nos resistíamos a encontrarnos intuyendo que esa indeterminación placida éramos nosotros y que no necesitábamos mucho más que comunicarnos con papeles amarillos y algún verso intenso. Todo era ficticio, es cierto, pero no habíamos vivido nada tan real en nuestras vidas, y nos reíamos del realismo a carcajadas entre humo de cigarrillos rubios y suspiros de Jack Daniels.

¿Qué hicimos ese año? ¿Dónde enterramos el tiempo?

Para leer mas:

Hyperbole

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