sábado, 8 de diciembre de 2012


“Tan solo estaba explorando los límites de la realidad. Tenía curiosidad por ver qué pasaría. Eso era todo: simple curiosidad.” Jim Morrison

Las tres o cuatro veces que fui el año pasado a pasear por Père-Lachaise, ese cementerio serpenteante y tétrico del Este de París, pasé por la tumba de Jim Morrison. Siempre me sorprendió que fuera el quinto monumento más visitado de una ciudad como París. Recuerdo que, nada más entrar, había que girar a la derecha y allí, detrás de un gigantesco árbol abarrotado de letras cargadas de amor y teorías conspiratorias, se encontraba una multitud de curiosos delante de una tumba simplona, cuya inscripción se dejaba entrever escondida entre flores marchitas. A los lados, siempre había alguna botella de Jack Daniels vacía, marcada con carmín rojo, con la etiqueta ligeramente desgastada del contacto de unos dedos que, imaginaba, habrían sobrevivido sudorosos al final de una larga noche.

Tal día como hoy, 8 de Diciembre, hace 69 años nació en el estado de Florida este icono musical maldito del siglo XX, miembro ilustre del Club de los 27. Se propuso agitar a las masas, liberarlas con su poesía de las limitaciones a las que están sometidas por el ambiente, subyugar todo al caos liberador que adopto de Nietzsche. Imagino que, ayer noche, alguien vaciaría una botella de whisky, se pintaría los labios minuciosamente y atravesaría hoy, despacio, la ligera niebla con la que seguramente ha amanecido Père- Lachaise para dejarla cerca de la tumba, justo un instante después de besarla ligeramente sin saber muy bien por qué.


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